Todo buen quiteño creció escuchando la expresión: “Quito, carita de Dios”. Una frase de la que, si bien no se conoce con certeza su origen, se le atribuye la dicha de nuestra ciudad. Calles llenas de historia que al más inculto le generan intriga, iglesias impresionantes que al más ateo le llenan de orgullo, todo rodeado de montañas y volcanes que despiertan ganas de escalar hasta en el más flojo. Desgraciadamente, toda esa realidad está sumida en un caos que las autoridades prefieren ignorar. Quito, carita de Dios, ya no solo está rodeada de arte, cultura y paisajes hermosos; hoy está rodeada de inseguridad, basura y abandono.
Es extraño ver cómo el quiteño ya se acostumbró. Que sicarien a una profesora en pleno día, que estallen dos bombas cerca de su zona financiera, que aparezca muerta una estudiante universitaria, que ardan carros y que se cometan cientos de robos al día, ya no le mueve un músculo. El quiteño se queda impávido ante todo esto, y le causa más indignación que Beccacece ponga de titular a Enner ante México que la ola de violencia que se vive a diario.
Hoy el centro de Quito solo es lindo en los TikToks que suben nuestras autoridades. Basta una visita para ver calles llenas de indigencia, casas abandonadas, veredas fétidas e inseguridad. Y es cómico, porque se supone que desde la Plaza Grande nuestras autoridades trabajan por nosotros. ¿Cómo es que no lo ven? Me imagino que sus carros negros y sin placas no solo están polarizados por fuera.
Y, como si nada pasara, llegó la campaña. Otra vez las fotos con el Panecillo de fondo, los recorridos por mercados, los abrazos calculados al milímetro y los videos prometiendo el “nuevo Quito”. Doce aspirantes quieren gobernar la ciudad. Y lo más probable es que el próximo alcalde gane con apenas una cuarta parte de los votos. Tres de cada cuatro quiteños no lo querrán, y aun así se sentará en la silla. Arrancamos con el pie derecho.
El favorito para la reelección es Pabel Muñoz, ahora bajo el movimiento Amigo, porque la Revolución Ciudadana quedó suspendida. Su administración jura que Quito recuperó el rumbo y presume obra e inversión. Sus críticos apuntan al Metro, a la seguridad y a la compra de los trolebuses, que derivó en investigación de la Fiscalía tras observaciones de la Contraloría. Detalles menores, seguramente, para el mismo alcalde que ante la peor paralización del Metro —once horas, cien mil usuarios varados— habló de “sabotaje”, como si un sistema sin mantenimiento especializado desde que abrió no pudiera fallar por su cuenta. Cuando la culpa siempre es de otro, es que nadie está gobernando.
También vuelve Jorge Yunda, como si la ciudad tuviera la memoria tan corta como para olvidar cómo terminó su administración. Alrededor de ellos, el resto del elenco: concejales que ayer se hacían a un lado para apoyar al alcalde y hoy lo quieren reemplazar, funcionarios destituidos que reaparecen como si nada, candidatos de relleno y varios que descubrieron un amor profundo por Quito exactamente el día en que se abrió el calendario electoral. Ninguno ha explicado cómo piensa arreglar una ciudad que ni siquiera admite estar rota. Doce nombres, doce sonrisas, cero diagnósticos. Porque el problema de Quito no es la falta de candidatos. Es la falta de gobiernos capaces de admitir la gravedad del momento.
Mientras discutimos encuestas y alianzas, la ciudad cerró 2025 con 264 homicidios intencionales, más de doscientos atribuidos al crimen organizado. La violencia dejó de ser un fenómeno ajeno a la capital: ya no hablamos solo de robos, sino de sicariato y explosivos. La carita de Dios ahora ofrece detonaciones controladas como espectáculo.
Al mismo tiempo, el Municipio presume miles de toneladas de basura recolectadas mientras seguimos conviviendo con cientos de puntos críticos de acumulación de residuos. Y cuando trasladaron el cobro de la tasa de basura de la planilla de luz a la del agua, algunos vecinos vieron subir el valor hasta un 2.300%. ¿La respuesta oficial? Una campaña con las Tortugas Ninja y rebanadas de pizza para explicarnos por qué pagábamos más. Si te van a exprimir el bolsillo, que al menos sea con temática de caricatura.
Cada problema en esta ciudad se administra solo cuando ya es imposible ocultarlo. Y quizá ese sea el verdadero diagnóstico de Quito. No nos faltan iglesias. No nos faltan parques. No nos faltan volcanes. Nos falta una administración que deje de gobernar para las redes y vuelva a gobernar para la ciudad.
Porque Quito no necesita un alcalde influencer. Tampoco necesita un salvador con capa. Necesita a alguien con la honestidad de admitir que la ciudad está mucho peor de lo que el discurso oficial reconoce. Y de los doce que hoy quieren maquillarla para la foto, ojalá —ojalá— alguno traiga algo más que filtros.
Durante años repetimos con orgullo que vivíamos en la carita de Dios. Seguimos teniendo la misma geografía privilegiada y el mismo patrimonio que enamora a cualquiera que nos visita. Lo único que cambió fue la ciudad que levantamos alrededor de esa belleza.
Quito, carita de Dios, hoy tiene la cara partida. Y ningún filtro alcanza para ocultar esa cicatriz.
